En Moria las semanas pasan rápido y llena de altibajos, como el tiempo que parece estar tan loco como la situación que se vive aquí. En la semana hemos pasado de vestir manga corta durante el día a ponernos toda la ropa que tenemos, ver caer copos de nieve al lado del mar y aguantar una lluvia helada con vientos de hasta 50km/h. 

Y aún con estas condiciones meteorológicas los botes han seguido llegando desde Turquía llenos de embarazadas y niños (no sin provocar asombro en todos nosotros), por lo que el trabajo en la clínica ha sido intenso. 

Por nuestra parte, los voluntarios también tenemos altibajos en nuestro estado de ánimo, aunque siempre intentamos ayudarnos los unos a los otros (a veces con la ayuda de la riquísima comida griega). Y es que la situación de las personas que vemos, lo que podemos y no podemos hacer por ellas y la increíble burocracia e incluso la persecución que los voluntarios y las ONG llegan a sufrir en esta isla hace que de vez en cuando nos atrape el pesimismo. 

Me gusta decir que la clínica de Rowing Together es un lugar seguro para las mujeres, o que al menos eso se intenta en todo momento. En esta pequeña clínica hay una sala de espera donde las mujeres, a veces paciente y otras impacientemente, esperan su turno sentadas en un banco de madera con un númerito de cartón en la mano. Pero esta no es una sala de espera corriente. En el mundo hay pocas salas de espera con mujeres más valientes que éstas, que han huído de sus casas con lo puesto, caminado durante meses y sobrevivido a la naturaleza, a guerras y a todo tipo de tratos inhumanos. Son mujeres fuertes, supervivientes, que te miran con una mezcla de respeto, admiración y agradecimiento. Y lo más triste es que probablemente nunca nadie les ha dicho antes que en realidad son ellas las que son dignas de admiración.

De esta sala de espera salen historias muy bonitas y otras que cuestan ser contadas, pero que deben serlo. Historias que destacan de entre el resto de mujeres alegres por ver a su futuro hijo/a en la pantalla, mujeres con embarazos deseados que nunca llegan, embarazos no deseados que ya no pueden ser interrumpidos, infecciones y molestias. Y no porque sean más importantes, sino porque son difíciles de olvidar. 

Así llega esta chica de apenas 15 años que fue violada durante el largo trayecto de huida desde su país. Nadie te enseña cómo hacer que una (desgraciadamente ya no tan) niña te cuente lo ocurrido, y luego tranquilizarla y convencerla de que te deje explorarla para ver si hay algo físico que deba y pueda ser tratado. Conseguir todo eso y luego tener que tragarnos que no podemos ayudarla a conseguir un estatus de vulnerabilidad que mejore sus condiciones en el campo porque la violación ocurrió hace demasiado tiempo hace que la chica se marche, quizás un poco más tranquila, aunque casi en la misma situación en la que estaba. Y nosotros nos quedamos con su historia y con nuestra impotencia. 

Y el día debe continuar, sin mucho descanso de hecho, ya que muchas mujeres llevan esperando horas. Pero entonces llegan ellas. Hermanas. Hermanas de sangre (nunca mejor dicho), de violación y de quien sabe cuántas desgracias y barbaridades. Una de ellas tan destruída que ni habla, ni cuenta, ni prácticamente levanta la cabeza, porque para ella la vida ya no tiene sentido. La otra, cuidadora, valiente también, nos cuenta su historia mirándonos a los ojos, y me deja ver las secuelas de aquel desastre, aunque me dice que soy incapaz de imaginar por lo que ha pasado. Y aunque no es necesario compartir los detalles de las infecciones ginecológicas que aquellos malnacidos le han dejado como regalo y que requieren tratamiento hospitalario, sí compartiré el macabro desenlace de que el médico que suturó sus heridas no dudó en suturar un poco más de la cuenta. Ingenua de mí (o pobre de mí en shock) le digo que podemos solucionar eso de una forma sencilla y no dolorosa en la clínica, pero después caigo, y ella me confirma, que esa mutilación genital es necesaria para probar de cierta forma su valía si un decide casarse.

Como ellas la mujer violada desde niña por su padre y luego por el hombre (o viejo) con el que la casaron, que cuenta que su actual marido tampoco es muy bueno. Y la de la viuda que ha parido dos veces pero que en vez de labios y clítoris tiene dos pequeños agujeritos en un área de piel lisa cicatricial. Todas estas mujeres vienen a la clínica y se marchan, pero se quedan en el ambiente y en nuestras cabezas durante mucho tiempo. 

Nadie te prepara para estas cosas en la facultad de medicina o en la residencia. Pero nadie preparó tampoco a estas mujeres para lo que iban a tener que sobrevivir. Tanto yo como el resto de los voluntarios de Rowing Together seguiremos acompañando a estas mujeres, ofreciéndoles un lugar seguro donde compartir su historia e intentando ayudarles en lo que sea posible. Yo por mi parte seguiré haciéndolo de la única manera que sé hacerlo, sin escudo, con cariño y asegurándome de que sepan que me quito el sombrero ante su fortaleza. En definitiva, remando junto a ellas.

Carolina, ginecóloga. Equipo 12. 

A 4 de marzo de 2019