Y diréis, ¿qué hace una anestesista en una clínica de ginecología? Pues lo mismo que universitarios fregando platos o autónomos dando clase de baile, dejarse llevar. Dejarse llevar por ese sentimiento, ese agujero negro que te repite una y otra vez: ¿será verdad? ¿Será verdad que hay gente viviendo en esas condiciones mientras tu vida sigue igual? Y tienes que ir a comprobarlo. Tienes que comprobar si efectivamente es un laberinto sin solución, un agujero negro, que te absorberá sin que puedas influir en su existencia… o por el contrario es algo que puedes cambiar, pero miras para otro lado mientras tu vida sigue egoístamente igual.

Entonces es cuando vas y te das de cara con la peor respuesta posible: es “casi” un agujero negro, pero tus acciones, resulta que tienen consecuencias en su existencia. Ya estas enganchada, no hay vuelta atrás.

Eso me ha ocurrido estas dos semanas en Rowing Together. Esta organización está consiguiendo, a base de la ilusión y tiempo vacacional de voluntarios, institucionalizar un sistema sanitario, como única respuesta a un colectivo que ahora flota en el vacío de la legalidad, los derechos e incluso la existencia. Supone un problema tan complicado que se le extrae la humanidad para intentar mirarlo con perspectiva y buscar solución. Pero ni aun así se encuentra.

Durante el trabajo diario lo que la mayoría de las pacientes exige es devolverle esa humanidad. Que alguien les haga sentir como personas valiosas para la sociedad, con alguna clase de derechos y cuidados exigibles. En esto es fácil ayudar, aunque el cansancio y la impaciente supongan a veces un obstáculo.

Pero cuando crees que eres algo útil y el sistema funciona a groso modo, encuentras el agujero negro. Mi agujero negro fue una mujer de 25 años con una tumoración nada tranquilizadora en la mama derecha. Con los escasos recursos de la clínica (análisis de orina y ecografía) no se puede diagnosticar, y menos aún, planificar un tratamiento para esta paciente. Al intentar buscar la vía para tratarla, ves que es muy complicado o prácticamente imposible que un hospital europeo se haga cargo de esta paciente. Empiezas a tirar del hilo y descubres todas las historias desesperanzadoras que se encuentran en esta situación. 

Sé que es fácil deshumanizar a las personas y recurrir a la solución fácil: no podemos abarcar en Europa este problema, lo mejor es cerrar fronteras y ponernos una venda en los ojos mientras se ahogan en el mar, hasta que aprendan que es mejor morir en sus propios países. Quizá es fácil incluso obviar la responsabilidad de Europa en el conflicto de sus países. Lo difícil es mirar a esta mujer a la cara, 25 años y madre de dos hijos. Devolverle su humanidad y decirle que, a pesar de haber sobrevivido a todo lo necesario para llegar hasta ahí, en Europa no haremos nada para ayudarla.

Pero bueno, nosotras seguiremos luchando por intentarlo.

Lucía. Equipo 23.

A 19 de agosto de 2019