Especialmente hoy dedico mi diario a nuestras pacientes. Pero sobre todo a las mujeres, las supervivientes, las luchadoras que conozco día a día, las que no llegan, las que se quedan aquí durante años en una tienda, las que viajan solas, las que se van para siempre, las que consiguen sus sueños y sobre todo las que los persiguen.

Algunas mujeres realizan toda una travesía solo por dar un futuro mejor a sus familias, otras al lado de sus maridos intentan tener una vida diferente… Otras, simplemente sobrevivir. 

Se me parte el alma cada vez que me abrazan y lloran. Quizás es la única manera que tienen de desahogarse y dejar mostrar un poco que a veces no queremos ser fuertes, no queremos ser valientes y no tenemos más ganas de luchar. Porque a veces no podemos más. A veces solo queremos parar el mundo. 

Y por eso hoy yo no he podido aguantar las lágrimas cuando una de nuestras últimas pacientes me abrazaba diciendo que ella quería tener hijos, porque su marido «no la trataba bien» porque pensaba que ella no valía para nada si no le daba lo que se supone que es valer en un mundo donde las mujeres están hechas para dar bebés. No era la primera del día (y tampoco de casi el mes que llevo aquí) que me lo cuenta.

Siempre culpables.

Si no se quedan embarazadas, si no sangran, si no les viene la regla, si las violan, si están tristes, si están cansadas, si su marido es estéril… Culpables de intentar vivir un mundo diferente. En un mundo mejor. 

Y me preguntaba si no habría alguna manera de que dejaran de tener esa vulnerabilidad por ser inmigrantes, por tener una cultura diferente, por no hablar el mismo idioma, por ser refugiadas y por lo tanto ilegales, pero, sobre todo, vulnerables por ser mujeres. Me preguntaba si no habría alguna posibilidad de denunciar esta situación que tanto las hace sufrir. Y de que las personas que las hacen sentir inferiores y pequeñas desaparecieran de sus vidas. 

Pero aquí no se puede denunciar este tipo de situaciones. Porque no cuentan. Porque no existen.

Si supieran lo grandes que son. Si supieran lo admirable que es su valentía y la fuerza que tienen. 

Tras ese velo, veía sus bonitos ojos azules, grandes y llorosos. Y yo estaba ahí, como médica, sin saber cómo ayudarla, más que abrazarla. Como mujer. 

Y entonces, yo también quise parar el mundo.

Isabel, médica. Equipo 29.

A 21 de noviembre de 2019