Diario de despedida Equipo 5 

El cielo despejado me permite despedirme del campo de Moria, el que será la cuna de muchos de los niños que ahora saludan a sus mamis a través del ecógrafo. He paseado por las calles de Mitilene, disfrutando de cómo parejas de jóvenes refugiados enamorados alzaban a su bebé en brazos y sonreían, alejados del bullicio enloquecedor de Moria, alejados de las torturas de sus países. He reído al ver corretear y gritar de alegría a pequeños de tres años en pandillas de varios colores en el espacio de nuestra clínica, y llorado cuando nuestras mujeres se han derrumbado en nuestros brazos. Porque su felicidad de unos instantes no puede hacerles olvidar aquellos hogares que dejaron atrás y que jamás recuperaran, aquellos hijos, maridos, padres, hermanos, que no alcanzaron la otra orilla y esas noches en Moria que algún día podremos contar.

Eva, médica de familia.

Es difícil no repetir lo que durante estos días hemos escrito. Después de lo vivido siento que va a ser difícil adaptarse al día a día. Tanto dolor humano en un espacio tan reducido supone una montaña tan elevada de sentimientos y emociones que siento vértigo al comenzar a bajarla. No olvidaré lo aprendido, no olvidaré la lección de supervivencia que todas estas mujeres nos han dado, no olvidaré su agradecimiento por un simple abrazo, no olvidaré sus risas y sus corrillos de cotilleos en la sala de espera y no olvidaré su dignidad mantenida y su cabeza alta a pesar de las condiciones infrahumanas en las que viven y el sufrimiento encerrado en sus corazones.

Irene, médica de familia.

Sentada en el aeropuerto de Atenas, camino de vuelta a casa, pienso en lo agradecida que estoy de tener libertad de movimiento, una familia que está sana y vivir en un país con cierta estabilidad, nada de esto lo he trabajado, fue el simple azar el que me hizo caer en ese lugar. También siento miedo, porque las familias que he conocido, en sus países eran como yo, con su trabajo, sus casas…simplemente el azar les hizo nacer en otro lugar del mundo, el que por muchos años ha sido manejado y expoliado por las grandes potencias, a las que creo responsables de la situación actual (no me refiero solo a los gobiernos, todos y cada uno de nosotros, con nuestro silencio somos también culpables), y es ese azar caprichoso el que les ha obligado a dejar sus casas. 

Cuando decidí embarcarme en este proyecto, lo hice porque pensaba que, si alguna vez me viera en esa situación, me gustaría que la gente no me diera la espalda. Me llevo a casa una gran lección, nadie está exento de que le pase algo así, que todo el que llega lleva una historia detrás que debemos conocer antes de juzgar y que hay que AYUDAR y darle de nuevo a la vida y a los derechos humanos el valor que tienen, porque desgraciadamente, hemos consentido que se pierda el valor de la vida humana. No tienes que coger un avión e irte a otro país, seguro que tienes gente cerca que lo necesita, debemos todos y cada uno de nosotros en la medida que se pueda colaborar para mejorar el mundo en el que vivimos, y no callar. 

Hay gente que me ha dicho que soy valiente por venir aquí con un niño de dos años, en gran parte también lo he hecho por él, en un intento de mejorar el mundo que le dejo, porque no me gustaría que tuviera que verse en una situación así. Por Samuel y por otros muchos, no debemos callar.

Un placer coincidir con todas las personas con las que he trabajado y conocido en Lesbos, no tengo palabras para expresaros mi admiración y respeto. Debemos seguir remando!!

Andrea Manzano, ginecóloga.

P.D. Llevamos sólo unos minutos separadas de Adriana, nuestra queridísima coordinadora, y ya la echamos de menos. Gracias por tu gran ayuda, por los buenos y malos momentos que hemos compartido y por todo lo que has conseguido para que este proyecto crezca cada día más y más.

A 16 de noviembre de 2018