Me lo habían dicho, pero no me imaginaba hasta qué grado me cambiaría lo que viví en Moria. No pasa día que recuerde las miradas de desesperación y desesperanza de las personas que allí visité. Tampoco puedo olvidar los abrazos que dí y recibí de vuelta. Que gestos tales como una mirada de aliento, ayudar a incorporarse a alguien, dar un beso, secar lágrimas, etc pudiesen ser las medicinas que más repartiera. Esas son las medicinas del alma, no importa nada el cuerpo ni la mente, si el alma está rota. Yo volví con mi alma agrietada, no puedo ni imaginar como estarán las suyas. Pero también tengo que decir que esta experiencia me ha abierto los ojos y me ha puesto en marcha un motor de cambio en mí, a seguir luchando, dando voz, visibilizando un grave problema que harán que a Europa se la recuerde en los libros de historia como la Europa de la vergüenza. Se le llama «crisis migratoria» pero para mí se trata de una «GRAN CRISIS DE VALORES». Personalmente no quiero ser cómplice de esto. Me muevo y moveré con lo que pueda, para seguir adelante con esta lucha/revolución. 

¡A seguir remando!

María.

A 1 de enero de 2019