Hoy me toca a mí.

Yo no soy sanitaria, ni bombera, ni rescatista, ni nada parecido…

Yo soy una de esas personas que tenemos la gran suerte de poder quedarme en casa con mis pequeños.

Y digo GRAN SUERTE a pesar de todo.

Soy una persona normal y corriente para un@s, o la persona más rara y loca que se han encontrado otr@s, pero creo que tod@s coincidirán en que cuando escribo, lo hago desde el corazón. 

Debo admitir que me está costando mucho escribir este diario, ¿qué ironía de la vida no? A «la pesadilla de los diarios», a la persona que no para de pedirles a nuestr@s voluntari@s que nos cuenten que piensan, que sienten, me esté costando un mundo poder plasmar todo lo que siento sin escribir un Quijote, pero creo que también es necesario, compartir con nuestr@s rowers una visión diferente a la primera línea.

He sentido y siento miedo. 

Miedo a lo desconocido, a ese bicho invisible, pero ya no me quedo sólo con el miedo.

He conseguido que me mantenga en alerta por mis hijos y disfrutar de «tener tiempo» para aprender de ellos, pintar arco iris, aprender a leer y jugar a imaginar.

He pasado de entrar en pánico imaginando perder a mi abuela, a reirme con sus ocurrencias por el Alzheimer y sus comentarios diarios de «¿sabes que no hay nadie en la calle? O por pasar 15 minutos antes de poder verle la cara en una videollamada porque se pone el teléfono en la oreja.

Gracias a mi familia del equipo Tierra, pasé del terror y las lágrimas en silencio al ser consciente de que algun@s estaban contagiad@s, de los turnos y tareas que estaban teniendo que hacer, de la falta de protecciones etc… a admirarlos más todavía, a quererlos más si se puede, a intentar animarlos, hacerlos reír y llenarlos de vídeos y fotos de ánimo y fuerza. 

Los días se hacen largos, pero l@s amig@s a distancia, se preocupan de que las sonrisas todos los días tengan cabida.

Intento creer que la sociedad va a cambiar después de que todo esto pase, pensar que ya está pasando, que estas olas de solidaridad son reales, pero mi realidad es tan distinta…

Mis héroes siguen siendo los mismos, es aquella profesora que me inculcó que los valores son la parte más valiosa de la educación, ese filósofo que me enseñó que podía pensar y razonar por mí misma y dudar de todo lo que me enseñaran, mi abuelo y sus silencios llenos de amor y protección en los que rendirse nunca fue una opción, mi familia del equipo Tierra que desde que los conozco entendí que remando juntos a pesar de las distancias podíamos llegar a donde quisiéramos y en tod@s ell@s sé que tengo un puerto seguro al que dirigirme cuando las tormentas me golpean, me tatuaron en el corazón esos remos que no paran; son tod@s aquell@s voluntari@s que no necesitan un «porque» ni un «quién» para ayudar, ni que nadie les de palmaditas en la espalda ni le pongan medallitas, lo son todas esas personas que persiguieron sus sueños hasta alcanzarlos, los que no creyeron en imposibles, o aun creyendo en ellos los saltaron y encima con una sonrisa, y por siempre, mis mayores héroes serán mis mellizos, nunca serán conscientes de todo lo que estos dos pequeños han enseñado a mamá.

Pero no todo es bonito, y quizás quien me lea crea que lo que voy a escribir a continuación no es «políticamente correcto» pero ni soy política ni puedo ser correcta cuando la injusticia me avalancha.

Estoy harta de «l@s cuñad@s expert@s en el tema de la temporada», estoy aburrida de aquell@s que se dedican a criticar sin aportar ninguna opción o solución, me jode seguir viendo tanto gilipollas con sus actitudes egoístas, incívicas e inmorales, me repatea el higadillo esa falsa solidaridad «con los de aquí», me sobran tod@s aquell@s que no faltan ni un sólo día a las 20h en su ventana a aplaudir, pero luego se quedará en su casa cuando los necesitemos en las calles para exigir derechos, me mata, saber que cuando más nos necesitan nuestras pacientes en Moria no podemos asistirle por falta de voluntari@s y aunque suene contradictorio protegerlos de este maldito bicho, y que Europa sigue sin ver, y que a mis chicos extutelados no podemos seguir ayudándoles como se merecen por falta de dinero, y me hace sacar fuego por mi boca, cada vez que escucho o leo «volveremos a la normalidad» ¿Qué normalidad? ¿La que mata? ¿La que olvida? ¿La egoísta? ¿Los privilegios?

Yo más que nunca tengo claro que remaré sin cesar por no volver a la normalidad. 

¿Todo saldrá bien?

Sólo la humanidad y el tiempo responderán con argumentos.

Ana, coordinadora de comunicación de Rowing Together.

A 13 de abril de 2020